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miércoles, 16 de noviembre de 2016

El miedo a la vejez: el retrato desaparecido de Churchill

Winston Churchill odiaba este cuadro. Tanto que su mujer acabó quemándolo y hoy es una de las grandes joyas del arte británico perdidas.

La pintura, obra de Graham Sutherland, fue un regalo del Parlamento británico con motivo del 80 cumpleaños del ex Primer Ministro. Lo vió por primera vez en el acto público de entrega y, aunque no tuvo más remedio que disimular su disgusto, lanzó una buena puya: “Es un ejemplo excelente de arte moderno”, dijo en tono irónico.

Al final lo rechazó. No le gustaba porque sale viejo, cansado, con la dignidad derrotada por el paso del tiempo. Por eso, tras su muerte, la señora Churchill decidió deshacerse de él. Fue su secretaria quien hizo el trabajo sucio: lo metió en una furgoneta y lo quemó en el jardín de su casa.

La historia del cuadro de Churchill aparece en The Crown (producida por Netflix). Es memorable el momento en el que Churchill, tras discutir con Sutherland por haberle traicionado con semejante pintura, se da cuenta de que en realidad sí es el viejo acabado que ve en el cuadro. Según la serie, verse retratado así hace ver al Primer Ministro que ya ha llegado el momento de retirarse de la política. 

John Lithgow es Churchill en la serie 'The Crown' (Netflix)
La obra es un retrato de la vejez, una pintura sobre la lucha de un hombre orgulloso contra su propia decadencia. Está inspirada en otros dos grandes estudios sobre el paso del tiempo: el ‘Inocencio X’ de Velázquez y el ‘Retrato de Louis-Fronçois Bertin’ de Ingres. Todos estos artistas tienen una cosa en común: la valentía de representar a un hombre poderoso tal cual es, con sus virtudes y sus miserias. Hay que estar muy seguro de uno mismo para tratar así a quien te puede fulminar.





domingo, 13 de mayo de 2012

Una belleza racista. Hoppé en Fundación Mapfre


¿Puede una mujer de raza negra ser considerada guapa? Hoy nadie duda en decir que sí, pero a principios del siglo XX el ideal de belleza femenina en Europa era estricto: mujer blanca, de clase social alta y rasgos delicados. Las mujeres de otras razas podían ser "voluptuosas" o tener un erotismo "exótico", como las retrataba Gauguin, pero no eran consideradas guapas en el sentido tradicional.
Emil Otto Hoppé fue de los primeros fotógrafos en atreverse a romper estos prejuicios. En 1922 publicó El libro de las bellas (The book of fair women), donde, a través de 32 retratos de mujeres de diferentes razas, comparaba en igualdad de condiciones a delicadas modelos blancas con jóvenes negras de clase baja, latinas o indias.

Hoppé era uno de los autores más famosos en el Londres de los años 20 y 30 (retrató a la familia real británica, Einstein, Mussolini...) pero además trabajaba como fotógrafo de moda en desfiles y concursos de belleza. Esa experiencia a medio camino entre lo intelectual y lo más superficial fue clave en su lucha por acabar con los tabúes racistas.

El escándalo fue enorme entre la alta sociedad londinense y a punto estuvo de costarle su carrera. Ahora la Fundación Mapfre (Madrid) nos presenta varios de estos retratos para que valoremos el esfuerzo de Hoppé con ojos del siglo XXI.

Un trato que destrozó su carrera
La historia de cómo Hoppé cayó en el olvido es casi increible. Era uno de los fotógrafos más prestigiosos de su tiempo, pero hoy es casi un desconocido para el gran público. La culpa de esto la tuvo un muy mal negocio.