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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Trump odia el arte



La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca también es una mala noticia para el arte. Estas 5 anécdotas dan pistas sobre el ‘cariño’ con el que va a tratar este tema:

1.- No colecciona obras originales, sólo reproducciones baratas:

Melania Trump en su despacho
Aunque es multimillonario, no se gasta un duro en arte. Un ejemplo: en las fotos de su mega mansión a todo lujo de Manhattan vemos, en el despacho de su mujer, una obra de Renoir (La Logue, 1874) valorada en casi 10 millones de euros. Probablemente sus visitas queden impresionadas… Lo que no saben es que es una reproducción sin ningún valor y que el original está en la Courtauld Gallery de Londres.

En otra de sus mansiones llegó a colgar un par de tapices flamencos del siglo XVI. Pero su nulo conocimiento del tema hizo que los dejará al sol y se dañaran para siempre.

Pero nadie como él para aclararnos lo que piensa sobre el arte: “Tengo amigos que se gastan cantidades escandalosas de dinero en cuadros. Yo prefiero invertir en algo real que el mundo pueda ver”.

Donald Judd
2.- No visita museos:

O eso se deduce de lo que le ocurrió en una visita de cortesía que hizo al MoMA en 1999. Según su acompañante, llegó de muy mal humor y lanzó su abrigo y varias carpetas encima de una obra de Donald Judd. Parece que la confundió con un escritorio.





'Sagrada Virgen María', Ofili
3.- Odia el arte moderno:

En 1999 le declaró la guerra al Brooklyn Museum por exponer la obra ‘La Sagrada Virgen María’ de Chris Ofili, famosa por estar pintada con excrementos de elefante. Su descripción de la obra habla por si sola: “No es arte. Es absolutamente asqueroso, algo degenerado”. ¿Recordáis quién fue el último líder mundial que habló de ‘arte degenerado’?


4.- Si una joya histórica le moslesta, la destruye y punto:

Para construir su famosa Torre Trump en Manhattan, tenía que tirar un edificio. El problema es que estaba decorado con unos relieves Art Decó muy valiosos y el Metropolitan quería que los quitara con cuidado y se los entregara. Trump dijo que lo haría sólo si no le costaba dinero. Pero al final sus obreros los destruyeron porque, según declaró el nuevo presidente de Estados Unidos, temía por la seguridad de la gente: “Si se hubieran caído, podrían haber matado a alguien”.


'Trump Tower', Warhol
5.- Rechazó al mismísimo Warhol:

Trump le encargó al maestro Pop un retrato de la Torre Trump para decorar la entrada. Warhol hizo una serie de 8 piezas pero a Trump no le gustaron nada. Según escribió el artista en sus diarios, Trump se quedó “muy disgustado porque no los colores no conjuntaban”. No se los pagó.

miércoles, 4 de enero de 2012

¿Se puede ser artista sin crear obras? Hockney contra Hirst


Escúchalo en la sección semanal de "El Perro de Picasso" en el programa Hoy por Hoy Madrid de la Cadena Ser, con Marta González Novo:





Hirst y su calavera de 50 millones, hecha por un joyero.
El artista inglés David Hockney ha criticado a su compatriota Damien Hirst por usar asistentes y no pintar él mismo sus cuadros (ver noticia). Efectivamente, Hirst, famoso por sus cuadros con puntos de colores y sus tiburones en formol, casi nunca toca sus obras. Las hacen un grupo de ayudantes y él se limita a darles instrucciones.

Estas declaraciones reabren uno de los debates más intensos del arte actual. Por un lado, pintores como Hockney defienden que para hacer arte es necesario no sólo tener una idea, sino también saber ejecutarla bien: "Para pintar necesitas usar el ojo, el corazón y la mano. Si falta uno de estos elementos, no sirve".

Hirst firma sus cuadros de puntos pero los hacen sus ayudantes
Sin embargo, creadores como Damien Hirst o Maurizio Cattelan consideran que lo importante del arte no es el objeto final (el cuadro, la escultura, etc.) sino la idea de lo que se quiere hacer. Por eso no manipulan las obras ellos mismos. Así de claro lo dice Cattelan: "Yo no diseño. No pinto. No esculpo. Yo nunca jamás toco mis obras". Y esta filosofía les va muy bien, ya que Hirst es el artista vivo más valorado y una escultura "hecha" por Cattelan puede costar hasta 3 millones de euros.

Pero esto de hacer arte sin casi mover un dedo no es nada nuevo. Uno de los pioneros fue Marcel Duchamp, que en 1917 revolucionó los museos con su obra "Fountain": un simple orinal colocado al revés al que sólo le añadió su firma.

"La Nona Ora", 1999, de Cattelan cuesta 3 millones de dólares
Andy Warhol también trataba de tocar sus obras lo menos posible, como demuestran sus famosas series de Marylin Monroe. Admirador de la cultura de masas, consideraba que la idea del artista artesano que crea piezas únicas estaba anticuada y defendía la producción industrial en serie como seña de identidad del siglo XX. Por eso normalmente sus cuadros no eran más que simples "fotocopias" sobre las que sus asistentes pintaban llamativos colores.

Lo mismo se puede decir de Takashi Murakami o Jeff Koons, que dirigen auténticas fábricas de asistentes. Y aquí llegamos al centro de la discusión: ¿Son peores artistas quienes no crean directamente sus obras? ¿Es más importante la idea que la obra final?


Miguel Ángel y Rubens

El uso de ayudantes no es algo tan reciente. Los grandes artistas del Renacimiento y el Barroco ya lo hacían y ni siquiera la Capilla Sixtina se salva. Según estudios recientes, Miguel Ángel no la pintó sólo, sino que contó con la colaboración de 12 asistentes.

"Aquiles descubierto por Ulises y Diomedes", Rubens / Van Dyck  
En aquellos años, cuando un artista se hacía muy famoso y recibía demasiados encargos, contrataba a ayudantes para poder satisfacer la demanda. Rubens, por ejemplo, no siempre pintaba personalmente sus cuadros. A veces simplemente creaba un boceto y eran sus empleados los que lo terminaban.

En otras ocasiones, la gente de su taller pintaba lo menos importante del cuadro (el paisaje del fondo y las figuras secundarias) y le dejaban al maestro los personajes protagonistas. Es el caso de una de las joyas del Museo del Prado, "Aquiles descubierto por Ulises y Diomedes" (1617), atribuido a Rubens pero hecho en su mayor parte por un ayudante. Eso sí, en este caso el asistente era de lujo: nada menos que Van Dyck, que con los años casi logró superar al maestro.



Más información: "Damien Hirst: los puntos de la discordia" de Pablo Ortiz de Zárate (Diario El Correo)